15 de mayo de 2009

Cristina

¡Dios! ¡Cuatro grados! Esta mañana hace tanto frío y hay tanta niebla colgando en el aire que nadie puede ver la cara del que se cruza en la calle. El frío es tal que a los dedos de los pies los dejé de sentir dos cuadras atrás y sin duda los de las manos me abandonarán en la próxima esquina. Por suerte, ya estoy bajando las escaleras del tren subterráneo, el único lugar con una temperatura de dos cifras. Quizás exagere, pero las narices rojas que decoran a cada rostro hacen pensar a uno que se encuentra en una reunión de alcohólicos anónimos y no en el anden de la Estación 9 de Julio. El tren no demora demasiado en llegar, el televisor veinte pulgadas que han colgado desde el techo informa el normal funcionamiento de todas las líneas, salvo el Premetro, claro, que carga con la maldición de prestar un servicio perpetuamente demorado. El tren llega a destino: Estación Catedral. Todos los de nariz roja bajamos apresurados como si en la salida estuviesen regalando vidas felices. Allí está Cristina. Ella ya cumplió sesenta y dos años. Nació de noche, a la madrugada, y quizás eso oscureció sus ojos para siempre. Nunca conoció los rayos del sol y tanto menos la luz de luna que presenció su nacimiento. La noche en que nació era en el calendario el 16 de Marzo de 1942, años oscuros de la historia, supongo que eso también ayudo a ennegrecer su mirada. Desgraciadamente no me pudo contar mucho sobre sus años mozos, es que dice no recordar demasiado, solo que nació en Pigüé, provincia de Buenos Aires. Más grande, unos treinta años más grande si es que les gusta la exactitud, se encaminó para Capital Federal a buscar lo que le faltaba; búsqueda grande la emprendida, pues dice ella que “no era mucho lo que tenía”. Cada uno hace los pertinentes y obligados comentarios sobre el clima y entre risas arrojo la primera de mis dudas:
__¿Cuándo se va a jubilar Cristina?
__Y me parece que nunca__contesta, con un suspiro entre dientes.
__¿Años de aporte me imagino que no le faltan?__Escupo el chiste, rogando para adentro que no se ofenda.
__No mi hijo, si hubiera aportado todos los años que llevo trabajando aquí…pero bueh qué se va a hacer.
Desde 1977 Cristina se dedica a los negocios, no es mucho el volumen que maneja anualmente, sin embargo su punto de venta ubicado estratégicamente en pleno microcentro le provee una cartera de clientes envidiable. Está justo en la esquina de San Martín y Rivadavia, a unos cien metros de la Casa de Gobierno, unos setenta del Cabildo, unos pocos por recorrer hasta la tumba de mármol blanco del primer prócer mencionado, y a unos exactos tres metros bajo la boca de Catedral, estación de la línea D de trenes subterráneos. Si llegan a pasar por allí, seguramente la podrán reconocer con facilidad, pues tiene tantos clientes que los espera sentada en una banqueta plegable, con la mercadería a la vista de todos, salvo a la de ella, pues es ciega desde Marzo del 42. Sustentando su decisión en un minucioso estudio de mercado, Cristina optó por vender durante estos años, los treinta últimos, un producto imprescindible para el ejecutivo, el banquero, el joven cadete y demás bichos de microcentro: ballenitas. A quién le gusta andar con un cuello desprolijo cuando es sumamente económico acceder a diez ballenitas por el módico valor de un peso, sí, sí, escuchó bien, sólo un peso, una moneda. Los cuellos siguen firmes gracias a Cristina: alguien se presentó a una entrevista de trabajo con una ballenita de cristina en su camisa y consiguió el puesto para el que se postulaba, alguien conoció a la mujer de su vida con su camisa prolija, de cuello erguido, gracias a Cristina, a su vida dedicada a conservar la buena presencia de los hombres.
__¿No está cansada después de haber trabajado tántos años?__Pregunto tímido, siguiendo con mi intención de no ofender.
__Y, la verdad que sí…__Pero si no trabajo me van a comer los piojos nene. (El nene soy yo)
Después de sentirme el más tarado de todos por la pregunta que hice, nos pusimos a hablar de otras cosas. Hablamos de su ceguera, y le conté de un libro de José Saramago, en el que de un día para otro todo el mundo queda ciego. Al parecer compartimos el gusto por el autor, pues me escuchaba con atención y los movimientos de su ceño demostraban su creciente interés en mis palabras.
__¿Y ese Saramago es ciego?__ me pregunta Cristina.
__No, no es ciego. Pero escribe mucho sobre la mirada, en otro libro que tiene hay un personaje que cuando está en ayunas puede ver el interior de las personas, les ve el alma.
__¿Si?__consulta sorprendida.__¿qué lindo sería eso no?
__Sí, pero es bravo también, porque ella al poder ver el interior de cada persona, descubría si tenían un tumor o conocía los pesares de cada uno__contesto más seguro.
__Ah claro__y agrega__Y sí, claro, yo siempre digo que a veces es mejor no ver. Me dejó mudo. ¿Qué extraño verdad?. Un ciego deja mudo a alguien. Mejor sigamos.
Para aquellos que la imaginaron como una monótona vendedora de ballenitas, les debo decir que se equivocan. Ella tiene visión de futuro, la única que tiene desgraciadamente. Ha ampliado sus horizontes comerciales con la inversión en el mejor invento del ultimo lustro: carilinas, sí, carilinas, pañuelos descartables, desechables, a la gente le encanta eso en las cosas, que se use y se tire, es genial. Imaginémonos cuán importante es la labor de Cristina en la salud pública de Buenos Aires, todos los gérmenes al tacho de basura, imagínense, nadie tendrá que planchar una vez más un pañuelo en su vida. Uno puede resfriarse con tranquilidad pues sabe que no perderá la elegancia, algo que mucho preocupa a Cristina. Ella quiere que todos los hombres se vean bien, aunque sea la única que no los pueda ver. Y aún no hablo de su discurso de venta, es delicado y constante a la vez, detecta las necesidades como nadie y las satisface en instantes. A uno le dan ganas de resfriarse más seguido y volver a la estación Catedral en busca de más carilinas. “Vendí curitas también…” me cuenta Cristina, pero se debe haber cansado de los apositos adhesivos porque no los veo sobre su falda, donde carga docenas de ballenitas y decenas de pañuelos descartables. Se habrá cansado de tener que andar cuidando a la gente, ya los cuida bastante de los resfríos con cuellos erguidos y pañuelitos higiénicos. Se imaginan, treinta años curando las heridas de todo microcentro, por tal labor alguien debería darle las llaves de la ciudad a esta cristiana.

Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

3 comentarios:

  1. 1 comentarios:
    Anónimo dijo...
    Me re que te gusto!!!!!!!!!!


    :)


    Mer!


    Oo

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  2. Primero, Cristina se puede jubilar si quiere, este gobierno puso un plan para jubilarse sin aportes. Avisale!

    Segundo, me pareció un hermoso relato, hermoso, hermosísimo.

    Besos!!

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