La mayoría de las casas de la cuadra son parecidas entre si, de una planta, con jardines, unos más arreglados que otros, y rejas al frente y protegiendo algunas ventanas, a excepción de la casa de la esquina derecha, saliendo de mi casa claro, en la que sobrevive un kiosco y la fachada es la de un local, con ventanales amplios y la puerta sobre la vereda. En este negocio siempre hay chicos jugando al metegol que está en la vereda, pero yo no suelo pasar por ese lado salvo cuando no tengo cambio y debo comprar cualquier cosa para conseguir las benditas monedas para el colectivo que pasa por la calle paralela.
La cuadra en la que vivo tiene una particularidad, sólo una mano tiene viviendas, ya que la vereda de enfrente pertenece a una plaza. Es decir yo no vivo en mi cuadra, sino que “yo vivo enfrente de la plaza.” Esta plaza esta rodeada de árboles adultos y bancos de cemento. Casi en el centro de la manzana están los juegos: hamacas, subibajas, pasamanos, junto a los carteles metálicos municipales que ruegan por el cuidado de la plaza. Algo más sobre la esquina hay un playón, que según los deseos de cada niño es un estadio de fútbol, tenis o patinodromo. A la izquierda de éste hay un mástil con su respectiva bandera argentina, que debe ser seguramente la tercer o cuarta bandera colgada, pues las otras no tuvieron mucha suerte. El resto de la manzana está cubierto por pasto y pares de árboles que hicieron las veces de arcos de fútbol en cien mil ocasiones.
Pero volviendo a mi cuadra, justo frente a mi casa está ese banco, en realidad son varios que forman una hilera a lo largo de la calle, pero hay uno que está perfectamente ubicado frente a mi casa; lo asentaron ya hace un tiempo, entre un palo borracho de unos cinco años y un corpulento fresno, unos treinta años más viejo que el árbol alcohólico. Ese banco gris de cemento es el refugio de distintas personas a lo largo del día. Hace las veces de decorado durante una pelea de novios a la tarde, es también el asiento de un adicto a la marihuana cuando éste se dedica a armar su cigarrillo al anochecer y durante la mañana es de los chicos que entran y salen del jardín de infantes y la escuela primaria que están sobre la cuadra perpendicular a la que vivo. Los sábados y los domingos, apenas pasado el mediodía, es uno de los pocos momentos en que el banco esta vacío y es cuando cruzo la calle y me quedo sentado allí, sin hacer nada.
Otro rasgo de la cuadra donde vivo es la cantidad de árboles que viven en las veredas. Cada casa tiene al menos un árbol, sino dos, en su vereda, como si fuera una norma municipal perfectamente acatada. La mayoría de estos árboles son viejos, frondosos, de grandes copas, que deben ser mutilados cada año para que no dañen con sus ramas los cables de la luz, el teléfono o la televisión por cable.
Los árboles más viejos son seguramente los de la plaza, en su mayoría son fresnos añejos, a excepción del mencionado palo borracho y un paraíso que en otoño inunda de bolitas verdes la vereda y parte del asfalto. El más joven, de los árboles claro, es quizás el que crece en mi vereda, justo frente a la casilla del medidor de gas. En realidad no sé el nombre, creo que se llama planta de café o algo así y lo plantó mi papá hace unos años (sí ya sé, le falta escribir un libro).
Recuerdo que de chico discutía con los vecinos de mi edad sobre quién había plantado cada árbol. Yo afirmaba que el paraíso había brotado junto a una columna en el hall de mi casa y que luego mi papa lo había plantado en la plaza; mi vecino decía que fue su abuelo quien plantó los primeros tres fresnos desde la izquierda, y un vecino que vivía a dos casas de la mía “los otros tres de más allá”. El resto de los árboles fueron emplazados por hombres extraños, enviados por la municipalidad, seguramente en época de elecciones.
Por último, hay algo en la cuadra que es muy lindo pero que no había notado hasta hace poco, los árboles de la plaza junto a los de nuestra vereda forman sobre la calle una especie de arcada de hojas y ramas que uno sólo puede ver si viene desde una de las esquinas, caminando por el medio de la calle y levantando un tanto la mirada.
Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

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