Inés Regueira es la primera de las personas que ilustrará la ignorancia de quienes quieran comprender de qué modo sueñan los ciegos. Ella colabora desde hace más de quince años en la Biblioteca Argentina para Ciegos. Aquel lluvioso día de la raza, de esos en los que las baldosas rotas traicionan a las personas, restaba apenas un día para que cumpliera treinta y tres años. Es una joven de pelo castaño oscuro y largo, de piel blanca como las hojas que tiene apiladas sobre su escritorio. Desde hace ya varios meses, Inés es la bibliotecaria interina de la institución, rodeada diariamente de inmensos libros de color rojo, escritos manualmente en braile por señoras de punzón en mano y tablilla, donde todos tienen el mismo lomo, liso, sin nombres de autores, ni de las obras, que los distingan.
Inés es ciega desde los tres años, de modo que no tiene imágenes en su memoria que le sirvan de material para soñar visiones. Inés intentó explicar que “Uno sueña de acuerdo a como uno vive”. Es decir que un ciego congénito sueña con la espacialidad en la que se despliega diariamente. Con los movimientos que la rodean, como también, claro, con los que ella realiza. De este modo, relata que tiene un sueño recurrente en el que esta en la casa de su madre. ¿Pero qué es lo que le hace darse cuenta que esta en ese lugar y no en otro? Inés explica de forma muy clara que la diferencia consiste en el espacio que recorre en la casa de su madre, que tiene varios cuartos, a diferencia del monoambiente donde vive actualmente con su esposo.
La nitidez del discurso de un ciego congénito nos obliga a reflexionar sobre los supuestos y mitos que sobrevuelan el imaginario de los videntes. Habrá que dar por errada la posibilidad de imaginar que alguien vive en la oscuridad, aunque la ceguera sea definida como la privación de la luz.
La Licenciada en Psicología Cristina Oyarzabal, quien se dedica desde hace tiempo en realizar investigaciones acerca de los sueños de los ciegos, recuerda el dialogo que mantuvo con una joven ciega quien sostenía que imaginar oscuro el mundo de los ciegos es inadecuado, pues “lo que ves es nada, es muy difícil de explicar... pero no es oscuridad.”
Los ciegos adquiridos, es decir aquellos que pierden el sentido de la visión en algún punto de su vida, sufren en sus sueños el desgastamiento de los tonos, o al contrario, en algunos casos, el avivamiento de ciertos colores fluorescentes. Sin embargo, no podemos concluir que los ciegos sueñan pensamientos y los videntes imágenes. Los testimonios recogidos nos demuestran lo errados que estaríamos. Pues los ciegos adquiridos cuentan con las imágenes vividas antes de la perdida de la visión, como por su parte, los ciegos congénitos sueñan con las sensaciones de tacto, de olfato y de desplazamiento. En relación con esto último, Inés afirma que suele soñar con “...el movimiento del colectivo...” que diariamente la lleva hasta su monoambiente en General Pacheco.
El segundo ilustrador, catedrático del campo onírico de los no videntes, se llama Juan Carlos Rodríguez. Cuenta que adquirió la ceguera como consecuencia de la diabetes con la que pesa. A simple vista, no parece un hombre con muchos sueños. Lleva el pelo corto, y las canas, aunque pocas, se hacen ver en las laderas de su cabeza. Oculta sus ojos tras lentes de espejuelos negros, en contraste con su bastón blanco, que ya está algo endeble.
Contar los años que se dedica a pedir limosna no viene al caso, pero si es destacable el modo en que bendice a cada transeúnte que arroje una moneda en su vaso plástico de color rosa viejo, por no querer llamarlo rosa sucio. ¿Recordará él aún cómo es el color rosa? Es una pregunta sin sentido. Lo importante es el sonar del metal de la moneda golpeando sobre la base vacía de su recipiente, que dispara en la boca de Juan Carlos un inmediato pedido de bendición para el eventual piadoso.
Juan Carlos señala que suele soñarse ciego. Que suele soñar con sus hijos acompañándolo en el túnel del ferrocarril donde pasa su jornada laboral, pues si procurar la bendición de docenas de personas día a día no es un trabajo habría que reever pronto tal definición.
“También sueño mucho con el ruido del tren... sueño que yo estoy acá en el túnel y siento como llega el tren y la gente pasa corriendo para no perderlo” agrega Juan Carlos, contándonos acerca de sus horas de sueño. Preguntándole acerca de cómo se imagina la cara de quienes le dan algún centavo, agrega que pese a que le es difícil imaginar una cara sin la ayuda de las yemas de sus dedos, distingue rizos de lacios y altos de petizos, por el tono de las voces.
En Juan Carlos se desató en muy temprana edad la ceguera como consecuencia de la diabetes, lo que hizo muy difícil el que pueda aprender a leer braile por la pérdida de sensibilidad en las manos, factor que resulta fundamental para el aprendizaje de tal mecanismo de lectura.
Juan Carlos no conoce la biblioteca para ciegos que existe en Buenos Aires, y desde que perdió la visión a los cuarenta y cinco años no ha leído nunca más nada. No conoce la existencia de los libroparlantes. Estas son obras literarias leídas por voluntarios y grabadas en cassettes en las mismas instalaciones de la biblioteca, a los cuales podría tener acceso siendo socio de la institución. Sin embargo, esto no lo preocupa, él está más pendiente en bendecir a los pasajeros del ferrocarril a cambio de unos cuantos centavos y en que sus hijos puedan completar sus estudios, “para que no terminen como yo, viste?”.
En la línea B del tren subterráneo de la ciudad de Buenos Aires, una pareja de jóvenes ciegos congénitos, Alberto y Celeste, dedican gran parte de su día a pedir una ayuda, económica, claro, a los pasajeros que utilizan tal transporte. Ambos recorren los vagones abriéndose paso con sus bastones plegables, el delante y ella detrás, yendo y viniendo, repitiendo un centenar de veces por día la frase “Cada monedita una bendición de Dios”. A diferencia de lo que sucede en el túnel del ferrocarril, en este caso los bendecidos son ellos y no los transeúntes.
Tal vez es posible imaginar que los túneles oscuros, trazados hace años bajo la tierra y privados de la luz del sol, que recorre el tren diariamente, se asemejan a los vagones que desandan esta pareja cada día tomados de los brazos. Tal vez no.
Alberto es un joven de no más de veintisiete abriles, de pelo rizado, y piel aceitunada. No usa lentes. Quizás sea porque pasa la mayor parte del día bajo la tierra, en el subterráneo, donde el sol no lo puede molestar. Alberto dice soñar con “el movimiento del tren”, con el piso sin firmeza del subte que los hace tambalear mientras caminan y por el que rodarían fácilmente sino estarían agarrados uno del otro.
Por su parte, Celeste aparenta ser lo que se llama una persona tímida. Su pelo es muy oscuro, al igual que sus ojos y su rostro habla de cansancio. Es también muy delgada y se aferra del brazo de su esposo Alberto como si fuese lo que más quiere en el mundo. En los recuerdos de Celeste acerca de sus sueños se detectan también restos diurnos, emparentados con su jornada laboral y su ambiente de trabajo. Relata, con un tono tímido, que sueña con escaleras mecánicas que no se detienen, “estoy parada sobre las escaleras que suben y suben, pero no paran nunca de subir, hasta que me despierto”.
Su hijo Pedro, quien tiene tantos rulos como es posible, los acompaña al trabajo desde hace unos meses, desde que su abuela falleció y ya no lo pudo cuidar más. A pesar de la hora, Pedro se sigue desperezando, refregándose con el anverso de la mano ambos ojos. Detrás de sus padres, en el andén de la estación Carlos Gardel, Pedro se entretiene dibujando garabatos con un lápiz imaginario sobre una publicidad: novedosos lentes de contacto descartables.
Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

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