13 de mayo de 2009

Historias de biblioteca

En la Biblioteca Argentina para Ciegos, ubicada en la calle Lezica al 2100, en el barrio de Almagro, se dicta, entre otros, un curso de informática para personas no videntes. Pablo Garay, de veinticinco años y lentes negros, es uno de los alumnos de tal curso. Dice que “cuesta un poco acostumbrarse al acento español del locutor” que repite lo que escriben, pero que “después de unas clases ya te olvidás”.
Pablo es ciego de nacimiento, al igual que su abuelo paterno. Dice haber sido estimulado desde muy temprana edad, lo que le hizo las cosas más sencillas. Estudia Psicología, y no falta mucho para que lo llamen Licenciado Garay. Acercándose con los textos de la facultad a la biblioteca en busca de libroparlantes para preparar los parciales, Pablo descubrió las distintas actividades que se dictan en la institución y resolvió inscribirse en informática, pues, según él y entre risas, “aun el taller de danza terapia no es una opción para mi”. Cuenta que alguna vez le preguntaron en la Facultad acerca de cómo sueñan los ciegos, y que el es de “esas personas que no recuerdan mucho lo que soñaron”. Sin embargo, Pablo recuerda que siempre sueña con el movimiento del ascensor de su edificio, ”...lo llamo, abro las puertas y bajo. Sueño bastante seguido con eso”.
Entre las distintas actividades que se desarrollan en la Biblioteca para ciegos, funciona desde hace más de treinta años un taller literario integrado por señoras no videntes y coordinado por Mabel Fontana desde el primer encuentro. La mayoría de las integrantes del taller son señoras mayores que no saben leer en braile, debido a que resulta muy dificultoso adquirir tal modo de lectura cuando se perdió en las manos, a causa de la diabetes frecuentemente, la sensibilidad de los años mozos.
Sin embargo, cada jueves de 14 a 16 Hs., desde hace más de tres décadas, las señoras, con tasa de té en mano y masas secas empaquetadas sobre la mesa, se reúnen alrededor de Mabel para escucharla leer poemas de García Lorca o Rubén Darío.
La más simpática de las señoras, encorvada y de pelo blanco que se niega a teñir, afirma que se sueña ciega, “pero joven, cuando veía todavía”. Otra la interrumpe, ésta si aparentemente de acuerdo con el uso de tinturas, dice que sueña con los ruidos de la calle, “porque yo vivo sobre una avenida y es toda la noche escuchar pasar los autos”. El resto del grupo escucha atentamente los dichos de las demás. Al parecer, la más anciana de las señoras, a quienes todas llaman Nini, acota con tono bajo, como con vergüenza, “Yo la otra vez soñé que estaba viniendo para la biblioteca con mi marido y cuando llegaba no había nadie”. Una señora, sumamente arreglada para la ocasión y que se había mantenido callada todo el tiempo decidió tomar la palabra para dar su punto de vista. “Hablando de los sueños de los ciegos, lo que yo sé es que la ceguera es la pesadilla de los oftalmólogos, porque es el punto donde ellos no pueden hacer más nada”. Silencio. Mil segundos de silencio invadieron la sala de lectura de la biblioteca, hasta que Nini soltó una carcajada que descomprimió la tensión que estaba a punto de resquebrajar las paredes y que fue acompañada por la risa del resto de las señoras.
Es evidente que sólo las personas ciegas pueden contar acerca de lo especial de sus sueños, sólo ellas conocen la sensación que no encuentra combinación de palabras que la describan completamente, ni cantidad de caracteres que la resuman de modo exacto. Así como a cualquier persona vidente le resulta imposible describir el tamaño del cielo o lo transparente del agua, de igual modo resulta imposible para un ciego expresar como sueña lo que no ve.


Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

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