13 de mayo de 2009

Palomas

Miércoles 17 de Mayo de 2006. Son las 14: 50 hs. Estoy sentado sobre el pasto de la Plaza de Mayo, el mismo sobre el que esta prohibido caminar según los pequeños carteles de color blanco. El zumbido por detrás de los tambores y redoblantes ejecutados por los más jóvenes brinda el sonido ambiente. En esta marcha todos están sentados, cansados, con la rutina de la manifestación plantada en los ojos. Es una protesta, podríamos decir, en la que nadie protesta. Sólo unos pocos se mantienen de pie, estos son los que mantienen erguidos los estandartes que iconizan a los distintos movimientos piqueteros, además claro, del rostro sin afeitar del joven Guevara que se repite en cada una de las banderas.
Pero me olvido de otros que también están de pie. Son los que tienen su domicilio laboral en la plaza. Los señores que venden el pack de yerba y mate a los nórdicos turistas, además de los muchachos que ofertan las banderas argentinas que seguramente se acabarán en Junio, mes del mundial de fútbol, y no en Mayo, mes de la junta revolucionaria. Será que somos cultura de festejar sólo lo vivido.
Rodeado de abundantes palmeras, con sus troncos añejos y descascarados por el paso del otoño, me parece ser el único de los hombres que no lleva nada sobre su cabeza. La mayoría tienen gorras, o mejor dicho son viseras, (gorras son los policías) y tantos otros usan cuellos polares que hacen las veces de bonetes diurnos.
Por su parte, las mujeres parecen estar obligadas a llevar una botella de gaseosa, de la cual convidan a los que tienen más cerca. Es una fuerza de choque formada en su mayoría por mujeres embarazadas, hombres desdentados y niños que aún no alcanzan los cinco años de edad.
Otro hombre, también domiciliado laboralmente en la plaza, nos entona el precio al que oferta sus tutucas y uno de más allá propone un contrapunto con su aguda vocecita, intentando vender las garrapiñadas que acaba de preparar en su calentador móvil color cobre. Pero los concurrentes de la fecha tienen su propia dieta a base galletitas y no hacen caso al concierto de los oferentes.
Las palomas son el entretenimiento del lugar, en realidad es un juego perverso, pero al fin entretenido. Un interno del Borda afirmó cierta vez, con certeza psicótica, que debíamos alimentar a las palomas de Plaza de Mayo cuando se nos acercaban, pues eran los internos del hospital que mientras soñaban se convertían en aves.
El juego resulta perverso pues se basa en una regla muy sencilla: arrojar migajas de lo que sea, y ver cómo y cuál de las palomas se queda con la propina. Lo peor de todo es que un ligero gorrión es el que siempre arrebata la comida de los picos a las lentas palomas. Sin embargo, a todos los que estamos sentados mirando el espectáculo nos resulta simpática la actitud de la pequeña ave ladrona. Pero la gente que trabaja más allá de Rivadavia, en el microclima de los bancos y que debe cruzar obligatoriamente por la plaza, mira indiferente a las palomas y de igual forma al ejército de desocupados que reclama por el aumento de la tasa de empleo. La misma indiferencia la tienen los señores de chalecos naranjas, conversando sabe Dios de qué cosa, que se ven tras las altas vallas negras que dividen la plaza en dos y cubren en su totalidad el frente de la casona color rosa. Deberían sumar al decorador oficial al ejército de desempleados, pues los rosas y los naranjas no resultan la mejor combinación.
Mientras varios hombres le dan una lavada de cara al Cabildo, con el fin de dejarlo limpio de verdades pintadas para el próximo veinticinco, hay un pequeño, sumamente abrigado, que dirige el banquete de las molestas palomas a fuerza de migajas y un pequeño trozo de caña con el que golpea el piso sin cesar. No tiene más de cuatro años, y lleva puesto un polar de color celeste, un pantalón azul, y quién sabe cuántas prendas más debajo, que apenas le permiten moverse sobre sus zapatillas rojas de cordones blancos. El no podía ser menos y como el resto de los hombres tapó su cabello y orejas con un cuello polar. Como podía se balanceaba entre las palomas arrojando con una mano los trozos de galletita que su madre le indicaba que comiera y con la otra cargaba la caña que agitaba cuando las palomas aleteaban sobre sus pies.
Paradójicamente, el juego del amo que practica nuestro abrigado Pablo, como lo llama quien parece ser su mamá, junto a las palomas, reproduce la situación que viven estos desdentados manifestantes a diario. Reunidos en la plaza, al igual que las palomas, esperan por las migajas que caerán al suelo y serán recogidas con ansias, hasta que la despiadada caña se agite sobre sus lomos. Hasta podría ser este mismo Pablo quien reciba los golpes en no más de diez o quince años o quizás en no más de quince días conociendo el criterio del brazo armado.
Este niño de caña en mano, alborotador de palomas, está muy abrigado para el calor que está haciendo en la ciudad autónoma, con un fuerte sol que hace cerrar los ojos buscadores de nubes. Es el gran problema de vivir en el conurbano bonaerense y protestar en capital federal. Uno no puede calcular a las 7 AM, cuando se parte en tren desde el conurbano, qué temperatura alcanzará el termómetro a las 15 Hs. en el microcentro. Todos están muy abrigados, emponchados, sentados alrededor de la fuente que debe estar seca desde el ´45 de Perón, acomodando en sus mochilas de rock ricotero y piojoso, los abrigos ahora innecesarios y las galletitas sobrantes que seguramente servirán de bocadillo en el cómodo viaje de regreso a casa.
La desconcentración comienza temprano pues es un largo viaje en tren eléctrico privatizado hacia el sur de la provincia. Sólo quedan las palomas que se vieron muy afectadas en su alimentación por la última devaluación, ya que el precio del maíz creció en un 200 %, y con un peso uno sólo consigue comprar dos paquetes pequeños que dejan con hambre a más de un ave.
Mientras los manifestantes se retiran como en procesión con el zumbido de los redoblantes, enfilados sobre Avenida de Mayo, una Sra. intenta vender el último café del día a los pocos que quedamos en la plaza. Fracasada en su intento, empuja su cafetería sobre ruedas hacia la esquina de Rivadavia y Reconquista para buscar sobre los mármoles blancos de la Catedral algún fiel adicto a la cafeína.
Por su parte, los técnicos apoyan en la parte trasera de la camioneta de canal 26 los rollos de cables que han utilizado para trasmitir en vivo la manifestación desde su antena parabólica, atornillada en el techo de la unidad móvil. La cronista de risa fácil, enrolla el cable del micrófono y se lo alcanza al joven cámara, para luego sentarse en el asiento del acompañante.
Uno de los relojes de la plaza marca la hora en que debo irme a trabajar, cruzar Rivadavia, y adentrarme en el mundillo de los bancos. La plaza de las migajas que reúne a hombres, mujeres y palomas, se va quedando vacía de ruidos.
Más tarde pasaran los señores de cuellos duros, que en su vuelta al hogar se internan en los trenes subterráneos sin saber nada de lo ocurrido en la plaza. Ya no queda nadie, salvo las palomas, claro.


Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

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