Willy, como solían llamarlo cuando aún era un emprendedor estudiante de Ingeniería, nunca imaginó que la hemorragia decoraría trágicamente su automóvil aquella madrugada tibia del 7 de Noviembre de 1991. Tras recorrer las calles de Santiago por unas horas, se decidió a levantar una silueta de la calle, de esas que resplandecen tanto que no dejan a uno distinguir género ni edad. Al parecer, entre extraños y a oscuras, resulta difícil entender las intenciones del otro. Así fue como la silueta de indescifrable sexo equivocó un abrazo de Willy con un ataque y hundió sobre su axila el filo de su arma blanca, que pronto se volvería color vino.
Dejó de cantar a los cincuenta y cuatro años, y dedicó veinte a ser parte del conjunto folklórico Quilapayún, donde además de ser uno de los vocalistas, resultó guitarrista y percusionista. La dueña del campo santo se lo llevo de la mano cuando ya su profesión era otra: Asesor y Director del área de Cultura de la Municipalidad de Santiago. Debe ser que necesitaban a alguien allá arriba, o allá abajo, para que coordine tal secretaría.
¿Y quién era la que destellaba esa noche, en aquella esquina, de quién era la silueta que enterró la daga en el costado de Willy Oddó? Alguien sin suerte seguro, pues se le cruzó la tragedia como gato negro por la calle en que ella trabajaba. ¿Habrá imaginado la criatura que esa noche mataba y moría por vez primera?
La luz de luna la alumbró esa madrugada como lo hicieron los flashes de las cámaras fotográficas las semanas venideras, cuando se hizo cargo y sin rodeos del asesinato de Guillermo Fernando Oddó Parraguez. Con años de encierro se paga una muerte.
La amiga de la Tragedia, Doña Desgracia, fue la única que la visitó durante sus años oscuros. Como así también la única que le llevó un presente. Un desgraciado virus para que lo porte en la sangre y lo luzca frente a sus compañeros de pabellón. Sangre como la que se derramó aquella madrugada. La misma que tiñó de color vino su cortaplumas.
¿Habrá cumplido treinta años la criatura? ¿Habrá muerto antes? Quién sabe.
Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

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