Llegó a su casa como a eso de las siete. Ni bien entró, buscó una aguja en el último cajón del aparador. Como lo hacía todas las tardes, desde hace treinta y cinco años, se abrió cada una de las ampollas y dejó correr el agua entre sus dedos. Se sentó lento, como quien se desmaya y oyó como su peso estiraba el mimbre de la silla. Con sus manos sucias, de uñas renegridas, tomó un papel. Luego de inspeccionarlo y encontrarlo suficientemente blanco, escribió, lento, cada palabra.
La silla de mimbre quedó volteada, debajo de aquellos pies estirados que colgaban. En la mesa, un diario abierto. Con un titular mayúsculo y un escueto copete, el matutino local informaba a la comunidad sobre el accidente fatal entre un micro y un camionero dormido: "Más de una veintena de niños muertos(...) los restos serán despedidos en el cementerio municipal". Junto al diario, quedó el papel escrito por el enterrador:
Que alguien le avise al grillo que su llamado amoroso nos desvela por las noches.
Que alguien se tome la molestia de revelarle al gato que siempre caerá parado.
Que alguien hable con la chicharra y le ruegue que no cante por las siestas.
Que alguien le avise a la mariposa que está viviendo su último día.
Al igual que yo.
Que alguien se tome la molestia de revelarle al gato que siempre caerá parado.
Que alguien hable con la chicharra y le ruegue que no cante por las siestas.
Que alguien le avise a la mariposa que está viviendo su último día.
Al igual que yo.
Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

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