30 de mayo de 2009

300 mil(*)

__¿No entiendo cómo podemos ser 300 mil y nos quedemos parados, sin hacer nada? ¿Nos vamos a dejar matar por estos infelices, por estos ignorantes que no se dan cuenta que nosotros no estamos infectados?
__Bueno viejo, tranquilo, ¿qué vamos a hacer? Ellos están armados y nosotros lo único que tenemos es mugre encima.
__Pero igual che, no me entra en la cabeza. Por ejemplo, pensá, si empezáramos a correr todos juntos, seguro que llegan a agarrar a 500 con suerte.
__Pero no somos todos jóvenes como vos, mirá a tu alrededor: el que con suerte tiene dientes, también tiene 5 críos para cuidar. ¿Qué querés? ¿Armar un ejercito de madres y desdentados?
__Si ya sé, pero igual tenemos que hacer algo, tenemos que escaparnos.
Shh, Shh. Callate que ahí viene uno.

El oficial, alto y con su fusil al hombro, posó su mirada sobre cada par de ojos de los 300 mil encarcelados. Sonó su radio y tras haber contestado con un cerrado “OK” se retiró por el mismo pasillo por el que había ingresado al pabellón.

__¿Viste con el asco que nos miró?
__Si tranquilízate, son así, qué vas a hacer.
__Te juro que si lo tuviese a medio metro, le pisaría la cabeza. Le arrancaría los ojos, te juro.

Media hora más tarde.

__¿Ves esas camaras allá atrás? Ahí nos van a llevar. Hace una semana, hicieron lo mismo. Mi primo me contó.
__¿Ves? Sabiendo eso tendríamos que organizarnos y pelear, si no tenemos nada, ¡nos tenemos que ariesgar viejo!
__Ya es tarde. Nos llegó la hora.
__¡Ahi vienen! ¡Corran, corran!

Los oficiales rociaron con gas las enormes celdas y entre gritos desesperados de madres, ancianos e hijos, fueron cayendo muertos unos sobre otros, desplomados al inhalar el veneno. Eran 300 mil.

* Basado en el dialogo de dos de los 300 mil cerdos sacrificados en Egipto ante el brote mundial de gripe porcina. La OMS pronunció previamente que la medida era totalmente infundada.

27 de mayo de 2009

“Estudiar Comunicación y la tía Peta” por Beto, el Errante.

Qué difícil es explicarle a mi tía Peta lo que estudio. Yo tendría que haber estudiado medicina como quería mi vieja y listo. Para los de medicina es facilísimo: “¿Vos qué estudiabas Albertito?” Medicina. Listo. A otra cosa tía. Pero en cambio, a los desviados como yo que se les ocurre estudiar Comunicación, la pregunta tan sencilla de la tía Peta resulta tan difícil como escuchar a González Oro durante más de diez minutos. Porque después de haber conseguido una definición más o menos resumida de lo que significa la carrera de Ciencias de la Comunicación Social (¿un copado el que le puso el nombre no?) uno tiene que explicar cómo se va a ganar la vida con ese titulo. Lo más fácil es decir que después laburás como periodista. Es lo que mejor resulta. Pero no se alegren, tampoco es respuesta que deje sin preguntas a la tía. Cuando nombrás la palabra periodista a tu tía Peta se le viene a la cabeza la imagen de Guillermo Andino. No sé porqué, es algo inexplicable, pero ella cree que vas a ser como Guillermito. “...qué pintón que es ese chico” te dice y vos cerrás los ojos porque ya no das más de tanta incomodidad.
La pregunta que nuca falta de Peta, tu tía, la mía, la nuestra, es:
“…y a vos qué periodista te gusta?” Pensas un segundo y medio, hasta que largas un falsamente efectivo “Y… la verdad que muy pocos Tía”. La muy yegua no se queda conforme, porque en ese momento ella es una especie de Jorge Rial, la encarnación del resentimiento, y te repregunta, “Baby Echecopar te gusta?”
"No TIA!!! No me gusta Baby, me parece un cretino de primera!!!"
, pero no, es la tía Peta, no podes hablarle así, y le contestas con un llano, “no, Baby no me gusta mucho tía”.
Roland Barthes
afirma, en uno de los doscientos textos que lees en la carrera de este muchacho, que existe el fenómeno de lo que el denomina el terrorismo de la pregunta. Según el autor, el que realiza las preguntas cuenta con un poder incalculable. Las preguntas incomodan, te arrinconan, te descolocan. Mi tía Peta es la Bin Laden de las preguntas. Les doy un ejemplo claro, para que no piensen que exagero: “y cuando te recibís?” Es la pregunta más horrible del mundo Tía. Sabelo. La más insoportable de la vida del estudiante de Comunicación o cualquier licenciatura infinita. La carrera de Comunicación en la UBA es más larga que la avenida Rivadavia. No se rían, de verdad se los digo. Es más probable recibirse antes de locutor nacional siendo tartamudo, que terminar Comunicación en la UBA. Ustedes se ríen, pero es triste. Sabes la gente desdentada y con bastón que veo en la facultad que sigue cursando, cursando y cursando. Tengo un primo cinco años menor que yo, que ya se recibió de Ingeniero en electrónica, luego de abandonar tres carreras. Se entiende ¿verdad? Es muy larga. A veces pienso que mis hijos, recibidos y casados, me van a alcanzar en su auto a cursar.
Ojo, no me quejo de todo eh, sé que la carrera tiene sus ventajas. La principal a mi entender es que ningún familiar o amigo va a pedirte un favor en el futuro siendo Comunicólogo. Es genial tener un amigo Medico, y poder llamarlo porque el nene tiene una tosesita rara. O un primo Abogado que te acelere los trámites en el juzgado o un cuñado contador que te dibuje la declaración jurada de ganancias. Pero imaginen, ¿Quién va a necesitar un favor de un Comunicólogo? ¿Tus primos te van a llamar un miércoles a la madrugada para decirte: “Necesito que me des una mano con el contrato de lectura que plantea Clarín desde sus portadas...” ? No, imposible. O que tu esposa te diga: “Llamó mamá, dice si le podes analizar semioticamente los estereotipos utilizados en la novela brasilera de canal 9”. No, me muero. Si me pasa algo así me exilio en Kamchatka 35 años.
Pese a todo este calvario académico/familiar a mi me gusta estudiar Comunicación. Porque sigo creyendo que algún día va a llegar el final. El ansiado día de recibir los huevasos y la harina, la botella de champagne enorme; el día que un profesor te diga, “deme la libreta” después del último examen final. El día que la levantes de un abrazo a tu tía y le digas: “Peta, me recibí!”


Beto, el Errante.
(las cursivas son nuestras)

18 de mayo de 2009

El Enterrador.

Llegó a su casa como a eso de las siete. Ni bien entró, buscó una aguja en el último cajón del aparador. Como lo hacía todas las tardes, desde hace treinta y cinco años, se abrió cada una de las ampollas y dejó correr el agua entre sus dedos. Se sentó lento, como quien se desmaya y oyó como su peso estiraba el mimbre de la silla. Con sus manos sucias, de uñas renegridas, tomó un papel. Luego de inspeccionarlo y encontrarlo suficientemente blanco, escribió, lento, cada palabra.
La silla de mimbre quedó volteada, debajo de aquellos pies estirados que colgaban. En la mesa, un diario abierto. Con un titular mayúsculo y un escueto copete, el matutino local informaba a la comunidad sobre el accidente fatal entre un micro y un camionero dormido: "Más de una veintena de niños muertos(...) los restos serán despedidos en el cementerio municipal". Junto al diario, quedó el papel escrito por el enterrador:
Que alguien le avise al grillo que su llamado amoroso nos desvela por las noches.
Que alguien se tome la molestia de revelarle al gato que siempre caerá parado.
Que alguien hable con la chicharra y le ruegue que no cante por las siestas.
Que alguien le avise a la mariposa que está viviendo su último día.
Al igual que yo.
Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

Táctica y estrategia.


Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos.


Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.

Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos.


Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca

y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos.


Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple.


Mi estrategia es
que un día cualquiera

no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.

Mario Benedetti. (1920-2009)
(las cursivas son nuestras)

15 de mayo de 2009

Cristina

¡Dios! ¡Cuatro grados! Esta mañana hace tanto frío y hay tanta niebla colgando en el aire que nadie puede ver la cara del que se cruza en la calle. El frío es tal que a los dedos de los pies los dejé de sentir dos cuadras atrás y sin duda los de las manos me abandonarán en la próxima esquina. Por suerte, ya estoy bajando las escaleras del tren subterráneo, el único lugar con una temperatura de dos cifras. Quizás exagere, pero las narices rojas que decoran a cada rostro hacen pensar a uno que se encuentra en una reunión de alcohólicos anónimos y no en el anden de la Estación 9 de Julio. El tren no demora demasiado en llegar, el televisor veinte pulgadas que han colgado desde el techo informa el normal funcionamiento de todas las líneas, salvo el Premetro, claro, que carga con la maldición de prestar un servicio perpetuamente demorado. El tren llega a destino: Estación Catedral. Todos los de nariz roja bajamos apresurados como si en la salida estuviesen regalando vidas felices. Allí está Cristina. Ella ya cumplió sesenta y dos años. Nació de noche, a la madrugada, y quizás eso oscureció sus ojos para siempre. Nunca conoció los rayos del sol y tanto menos la luz de luna que presenció su nacimiento. La noche en que nació era en el calendario el 16 de Marzo de 1942, años oscuros de la historia, supongo que eso también ayudo a ennegrecer su mirada. Desgraciadamente no me pudo contar mucho sobre sus años mozos, es que dice no recordar demasiado, solo que nació en Pigüé, provincia de Buenos Aires. Más grande, unos treinta años más grande si es que les gusta la exactitud, se encaminó para Capital Federal a buscar lo que le faltaba; búsqueda grande la emprendida, pues dice ella que “no era mucho lo que tenía”. Cada uno hace los pertinentes y obligados comentarios sobre el clima y entre risas arrojo la primera de mis dudas:
__¿Cuándo se va a jubilar Cristina?
__Y me parece que nunca__contesta, con un suspiro entre dientes.
__¿Años de aporte me imagino que no le faltan?__Escupo el chiste, rogando para adentro que no se ofenda.
__No mi hijo, si hubiera aportado todos los años que llevo trabajando aquí…pero bueh qué se va a hacer.
Desde 1977 Cristina se dedica a los negocios, no es mucho el volumen que maneja anualmente, sin embargo su punto de venta ubicado estratégicamente en pleno microcentro le provee una cartera de clientes envidiable. Está justo en la esquina de San Martín y Rivadavia, a unos cien metros de la Casa de Gobierno, unos setenta del Cabildo, unos pocos por recorrer hasta la tumba de mármol blanco del primer prócer mencionado, y a unos exactos tres metros bajo la boca de Catedral, estación de la línea D de trenes subterráneos. Si llegan a pasar por allí, seguramente la podrán reconocer con facilidad, pues tiene tantos clientes que los espera sentada en una banqueta plegable, con la mercadería a la vista de todos, salvo a la de ella, pues es ciega desde Marzo del 42. Sustentando su decisión en un minucioso estudio de mercado, Cristina optó por vender durante estos años, los treinta últimos, un producto imprescindible para el ejecutivo, el banquero, el joven cadete y demás bichos de microcentro: ballenitas. A quién le gusta andar con un cuello desprolijo cuando es sumamente económico acceder a diez ballenitas por el módico valor de un peso, sí, sí, escuchó bien, sólo un peso, una moneda. Los cuellos siguen firmes gracias a Cristina: alguien se presentó a una entrevista de trabajo con una ballenita de cristina en su camisa y consiguió el puesto para el que se postulaba, alguien conoció a la mujer de su vida con su camisa prolija, de cuello erguido, gracias a Cristina, a su vida dedicada a conservar la buena presencia de los hombres.
__¿No está cansada después de haber trabajado tántos años?__Pregunto tímido, siguiendo con mi intención de no ofender.
__Y, la verdad que sí…__Pero si no trabajo me van a comer los piojos nene. (El nene soy yo)
Después de sentirme el más tarado de todos por la pregunta que hice, nos pusimos a hablar de otras cosas. Hablamos de su ceguera, y le conté de un libro de José Saramago, en el que de un día para otro todo el mundo queda ciego. Al parecer compartimos el gusto por el autor, pues me escuchaba con atención y los movimientos de su ceño demostraban su creciente interés en mis palabras.
__¿Y ese Saramago es ciego?__ me pregunta Cristina.
__No, no es ciego. Pero escribe mucho sobre la mirada, en otro libro que tiene hay un personaje que cuando está en ayunas puede ver el interior de las personas, les ve el alma.
__¿Si?__consulta sorprendida.__¿qué lindo sería eso no?
__Sí, pero es bravo también, porque ella al poder ver el interior de cada persona, descubría si tenían un tumor o conocía los pesares de cada uno__contesto más seguro.
__Ah claro__y agrega__Y sí, claro, yo siempre digo que a veces es mejor no ver. Me dejó mudo. ¿Qué extraño verdad?. Un ciego deja mudo a alguien. Mejor sigamos.
Para aquellos que la imaginaron como una monótona vendedora de ballenitas, les debo decir que se equivocan. Ella tiene visión de futuro, la única que tiene desgraciadamente. Ha ampliado sus horizontes comerciales con la inversión en el mejor invento del ultimo lustro: carilinas, sí, carilinas, pañuelos descartables, desechables, a la gente le encanta eso en las cosas, que se use y se tire, es genial. Imaginémonos cuán importante es la labor de Cristina en la salud pública de Buenos Aires, todos los gérmenes al tacho de basura, imagínense, nadie tendrá que planchar una vez más un pañuelo en su vida. Uno puede resfriarse con tranquilidad pues sabe que no perderá la elegancia, algo que mucho preocupa a Cristina. Ella quiere que todos los hombres se vean bien, aunque sea la única que no los pueda ver. Y aún no hablo de su discurso de venta, es delicado y constante a la vez, detecta las necesidades como nadie y las satisface en instantes. A uno le dan ganas de resfriarse más seguido y volver a la estación Catedral en busca de más carilinas. “Vendí curitas también…” me cuenta Cristina, pero se debe haber cansado de los apositos adhesivos porque no los veo sobre su falda, donde carga docenas de ballenitas y decenas de pañuelos descartables. Se habrá cansado de tener que andar cuidando a la gente, ya los cuida bastante de los resfríos con cuellos erguidos y pañuelitos higiénicos. Se imaginan, treinta años curando las heridas de todo microcentro, por tal labor alguien debería darle las llaves de la ciudad a esta cristiana.

Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

14 de mayo de 2009

"Frases que me hubiese encantado escribir" por Beto, el errante

"Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay."
José Saramago.

"No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta".
Eduardo Galeano.


"Si en la otra vida no hubiera música, habría que importarla."
Doménico Cieri Estrada.

Beto, el Errante.
(las cursivas son nuestras)

13 de mayo de 2009

Justo a mitad de cuadra

Mi casa está construida justo a mitad de cuadra, en un barrio muy barrio, alejado del centro comercial de la localidad. Es una casa blanca, de una planta, con un hall y esos caminitos de vereda rodeados por el jardín. Con verjas de casi un metro de alto, pintadas color gris hace ya un tiempo. Tanto a la derecha como a la izquierda tengo dos casas muy similares a la mía, al parecer no somos muy originales. Con la casa de la izquierda sucede algo raro con la altura, es decir con la dirección, alguien se equivocó y ambos vivimos al 950 de la calle. En realidad es raro para los carteros, para nosotros ya perdió la gracia y sólo parece recuperarla cuando hay que contárselo a alguien nuevo.
La mayoría de las casas de la cuadra son parecidas entre si, de una planta, con jardines, unos más arreglados que otros, y rejas al frente y protegiendo algunas ventanas, a excepción de la casa de la esquina derecha, saliendo de mi casa claro, en la que sobrevive un kiosco y la fachada es la de un local, con ventanales amplios y la puerta sobre la vereda. En este negocio siempre hay chicos jugando al metegol que está en la vereda, pero yo no suelo pasar por ese lado salvo cuando no tengo cambio y debo comprar cualquier cosa para conseguir las benditas monedas para el colectivo que pasa por la calle paralela.
La cuadra en la que vivo tiene una particularidad, sólo una mano tiene viviendas, ya que la vereda de enfrente pertenece a una plaza. Es decir yo no vivo en mi cuadra, sino que “yo vivo enfrente de la plaza.” Esta plaza esta rodeada de árboles adultos y bancos de cemento. Casi en el centro de la manzana están los juegos: hamacas, subibajas, pasamanos, junto a los carteles metálicos municipales que ruegan por el cuidado de la plaza. Algo más sobre la esquina hay un playón, que según los deseos de cada niño es un estadio de fútbol, tenis o patinodromo. A la izquierda de éste hay un mástil con su respectiva bandera argentina, que debe ser seguramente la tercer o cuarta bandera colgada, pues las otras no tuvieron mucha suerte. El resto de la manzana está cubierto por pasto y pares de árboles que hicieron las veces de arcos de fútbol en cien mil ocasiones.
Pero volviendo a mi cuadra, justo frente a mi casa está ese banco, en realidad son varios que forman una hilera a lo largo de la calle, pero hay uno que está perfectamente ubicado frente a mi casa; lo asentaron ya hace un tiempo, entre un palo borracho de unos cinco años y un corpulento fresno, unos treinta años más viejo que el árbol alcohólico. Ese banco gris de cemento es el refugio de distintas personas a lo largo del día. Hace las veces de decorado durante una pelea de novios a la tarde, es también el asiento de un adicto a la marihuana cuando éste se dedica a armar su cigarrillo al anochecer y durante la mañana es de los chicos que entran y salen del jardín de infantes y la escuela primaria que están sobre la cuadra perpendicular a la que vivo. Los sábados y los domingos, apenas pasado el mediodía, es uno de los pocos momentos en que el banco esta vacío y es cuando cruzo la calle y me quedo sentado allí, sin hacer nada.
Otro rasgo de la cuadra donde vivo es la cantidad de árboles que viven en las veredas. Cada casa tiene al menos un árbol, sino dos, en su vereda, como si fuera una norma municipal perfectamente acatada. La mayoría de estos árboles son viejos, frondosos, de grandes copas, que deben ser mutilados cada año para que no dañen con sus ramas los cables de la luz, el teléfono o la televisión por cable.
Los árboles más viejos son seguramente los de la plaza, en su mayoría son fresnos añejos, a excepción del mencionado palo borracho y un paraíso que en otoño inunda de bolitas verdes la vereda y parte del asfalto. El más joven, de los árboles claro, es quizás el que crece en mi vereda, justo frente a la casilla del medidor de gas. En realidad no sé el nombre, creo que se llama planta de café o algo así y lo plantó mi papá hace unos años (sí ya sé, le falta escribir un libro).
Recuerdo que de chico discutía con los vecinos de mi edad sobre quién había plantado cada árbol. Yo afirmaba que el paraíso había brotado junto a una columna en el hall de mi casa y que luego mi papa lo había plantado en la plaza; mi vecino decía que fue su abuelo quien plantó los primeros tres fresnos desde la izquierda, y un vecino que vivía a dos casas de la mía “los otros tres de más allá”. El resto de los árboles fueron emplazados por hombres extraños, enviados por la municipalidad, seguramente en época de elecciones.
Por último, hay algo en la cuadra que es muy lindo pero que no había notado hasta hace poco, los árboles de la plaza junto a los de nuestra vereda forman sobre la calle una especie de arcada de hojas y ramas que uno sólo puede ver si viene desde una de las esquinas, caminando por el medio de la calle y levantando un tanto la mirada.


Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)



La muerte de Willy

En tan sólo cinco minutos, la sangre de Guillermo Oddó Parraguez abandonó su cuerpo para siempre. Fue a través de una herida causada por un económico cortaplumas, recibida en la región axilar derecha, produciéndole una anemia hemolítica aguda que fue suficiente para dejar sin voz al cantor.
Willy, como solían llamarlo cuando aún era un emprendedor estudiante de Ingeniería, nunca imaginó que la hemorragia decoraría trágicamente su automóvil aquella madrugada tibia del 7 de Noviembre de 1991. Tras recorrer las calles de Santiago por unas horas, se decidió a levantar una silueta de la calle, de esas que resplandecen tanto que no dejan a uno distinguir género ni edad. Al parecer, entre extraños y a oscuras, resulta difícil entender las intenciones del otro. Así fue como la silueta de indescifrable sexo equivocó un abrazo de Willy con un ataque y hundió sobre su axila el filo de su arma blanca, que pronto se volvería color vino.
Dejó de cantar a los cincuenta y cuatro años, y dedicó veinte a ser parte del conjunto folklórico Quilapayún, donde además de ser uno de los vocalistas, resultó guitarrista y percusionista. La dueña del campo santo se lo llevo de la mano cuando ya su profesión era otra: Asesor y Director del área de Cultura de la Municipalidad de Santiago. Debe ser que necesitaban a alguien allá arriba, o allá abajo, para que coordine tal secretaría.
¿Y quién era la que destellaba esa noche, en aquella esquina, de quién era la silueta que enterró la daga en el costado de Willy Oddó? Alguien sin suerte seguro, pues se le cruzó la tragedia como gato negro por la calle en que ella trabajaba. ¿Habrá imaginado la criatura que esa noche mataba y moría por vez primera?
La luz de luna la alumbró esa madrugada como lo hicieron los flashes de las cámaras fotográficas las semanas venideras, cuando se hizo cargo y sin rodeos del asesinato de Guillermo Fernando Oddó Parraguez. Con años de encierro se paga una muerte.
La amiga de la Tragedia, Doña Desgracia, fue la única que la visitó durante sus años oscuros. Como así también la única que le llevó un presente. Un desgraciado virus para que lo porte en la sangre y lo luzca frente a sus compañeros de pabellón. Sangre como la que se derramó aquella madrugada. La misma que tiñó de color vino su cortaplumas.
¿Habrá cumplido treinta años la criatura? ¿Habrá muerto antes? Quién sabe.


Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

Historias de biblioteca

En la Biblioteca Argentina para Ciegos, ubicada en la calle Lezica al 2100, en el barrio de Almagro, se dicta, entre otros, un curso de informática para personas no videntes. Pablo Garay, de veinticinco años y lentes negros, es uno de los alumnos de tal curso. Dice que “cuesta un poco acostumbrarse al acento español del locutor” que repite lo que escriben, pero que “después de unas clases ya te olvidás”.
Pablo es ciego de nacimiento, al igual que su abuelo paterno. Dice haber sido estimulado desde muy temprana edad, lo que le hizo las cosas más sencillas. Estudia Psicología, y no falta mucho para que lo llamen Licenciado Garay. Acercándose con los textos de la facultad a la biblioteca en busca de libroparlantes para preparar los parciales, Pablo descubrió las distintas actividades que se dictan en la institución y resolvió inscribirse en informática, pues, según él y entre risas, “aun el taller de danza terapia no es una opción para mi”. Cuenta que alguna vez le preguntaron en la Facultad acerca de cómo sueñan los ciegos, y que el es de “esas personas que no recuerdan mucho lo que soñaron”. Sin embargo, Pablo recuerda que siempre sueña con el movimiento del ascensor de su edificio, ”...lo llamo, abro las puertas y bajo. Sueño bastante seguido con eso”.
Entre las distintas actividades que se desarrollan en la Biblioteca para ciegos, funciona desde hace más de treinta años un taller literario integrado por señoras no videntes y coordinado por Mabel Fontana desde el primer encuentro. La mayoría de las integrantes del taller son señoras mayores que no saben leer en braile, debido a que resulta muy dificultoso adquirir tal modo de lectura cuando se perdió en las manos, a causa de la diabetes frecuentemente, la sensibilidad de los años mozos.
Sin embargo, cada jueves de 14 a 16 Hs., desde hace más de tres décadas, las señoras, con tasa de té en mano y masas secas empaquetadas sobre la mesa, se reúnen alrededor de Mabel para escucharla leer poemas de García Lorca o Rubén Darío.
La más simpática de las señoras, encorvada y de pelo blanco que se niega a teñir, afirma que se sueña ciega, “pero joven, cuando veía todavía”. Otra la interrumpe, ésta si aparentemente de acuerdo con el uso de tinturas, dice que sueña con los ruidos de la calle, “porque yo vivo sobre una avenida y es toda la noche escuchar pasar los autos”. El resto del grupo escucha atentamente los dichos de las demás. Al parecer, la más anciana de las señoras, a quienes todas llaman Nini, acota con tono bajo, como con vergüenza, “Yo la otra vez soñé que estaba viniendo para la biblioteca con mi marido y cuando llegaba no había nadie”. Una señora, sumamente arreglada para la ocasión y que se había mantenido callada todo el tiempo decidió tomar la palabra para dar su punto de vista. “Hablando de los sueños de los ciegos, lo que yo sé es que la ceguera es la pesadilla de los oftalmólogos, porque es el punto donde ellos no pueden hacer más nada”. Silencio. Mil segundos de silencio invadieron la sala de lectura de la biblioteca, hasta que Nini soltó una carcajada que descomprimió la tensión que estaba a punto de resquebrajar las paredes y que fue acompañada por la risa del resto de las señoras.
Es evidente que sólo las personas ciegas pueden contar acerca de lo especial de sus sueños, sólo ellas conocen la sensación que no encuentra combinación de palabras que la describan completamente, ni cantidad de caracteres que la resuman de modo exacto. Así como a cualquier persona vidente le resulta imposible describir el tamaño del cielo o lo transparente del agua, de igual modo resulta imposible para un ciego expresar como sueña lo que no ve.


Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

Dormir con ojos de ciego

Tendrá que dormir con ojos de ciego quien quiera comprender cómo sueña aquel que no ve. O quizás alcance con preguntárselo a alguno.
Inés Regueira es la primera de las personas que ilustrará la ignorancia de quienes quieran comprender de qué modo sueñan los ciegos. Ella colabora desde hace más de quince años en la Biblioteca Argentina para Ciegos. Aquel lluvioso día de la raza, de esos en los que las baldosas rotas traicionan a las personas, restaba apenas un día para que cumpliera treinta y tres años. Es una joven de pelo castaño oscuro y largo, de piel blanca como las hojas que tiene apiladas sobre su escritorio. Desde hace ya varios meses, Inés es la bibliotecaria interina de la institución, rodeada diariamente de inmensos libros de color rojo, escritos manualmente en braile por señoras de punzón en mano y tablilla, donde todos tienen el mismo lomo, liso, sin nombres de autores, ni de las obras, que los distingan.
Inés es ciega desde los tres años, de modo que no tiene imágenes en su memoria que le sirvan de material para soñar visiones. Inés intentó explicar que “Uno sueña de acuerdo a como uno vive”. Es decir que un ciego congénito sueña con la espacialidad en la que se despliega diariamente. Con los movimientos que la rodean, como también, claro, con los que ella realiza. De este modo, relata que tiene un sueño recurrente en el que esta en la casa de su madre. ¿Pero qué es lo que le hace darse cuenta que esta en ese lugar y no en otro? Inés explica de forma muy clara que la diferencia consiste en el espacio que recorre en la casa de su madre, que tiene varios cuartos, a diferencia del monoambiente donde vive actualmente con su esposo.
La nitidez del discurso de un ciego congénito nos obliga a reflexionar sobre los supuestos y mitos que sobrevuelan el imaginario de los videntes. Habrá que dar por errada la posibilidad de imaginar que alguien vive en la oscuridad, aunque la ceguera sea definida como la privación de la luz.
La Licenciada en Psicología Cristina Oyarzabal, quien se dedica desde hace tiempo en realizar investigaciones acerca de los sueños de los ciegos, recuerda el dialogo que mantuvo con una joven ciega quien sostenía que imaginar oscuro el mundo de los ciegos es inadecuado, pues “lo que ves es nada, es muy difícil de explicar... pero no es oscuridad.”
Los ciegos adquiridos, es decir aquellos que pierden el sentido de la visión en algún punto de su vida, sufren en sus sueños el desgastamiento de los tonos, o al contrario, en algunos casos, el avivamiento de ciertos colores fluorescentes. Sin embargo, no podemos concluir que los ciegos sueñan pensamientos y los videntes imágenes. Los testimonios recogidos nos demuestran lo errados que estaríamos. Pues los ciegos adquiridos cuentan con las imágenes vividas antes de la perdida de la visión, como por su parte, los ciegos congénitos sueñan con las sensaciones de tacto, de olfato y de desplazamiento. En relación con esto último, Inés afirma que suele soñar con “...el movimiento del colectivo...” que diariamente la lleva hasta su monoambiente en General Pacheco.
El segundo ilustrador, catedrático del campo onírico de los no videntes, se llama Juan Carlos Rodríguez. Cuenta que adquirió la ceguera como consecuencia de la diabetes con la que pesa. A simple vista, no parece un hombre con muchos sueños. Lleva el pelo corto, y las canas, aunque pocas, se hacen ver en las laderas de su cabeza. Oculta sus ojos tras lentes de espejuelos negros, en contraste con su bastón blanco, que ya está algo endeble.
Contar los años que se dedica a pedir limosna no viene al caso, pero si es destacable el modo en que bendice a cada transeúnte que arroje una moneda en su vaso plástico de color rosa viejo, por no querer llamarlo rosa sucio. ¿Recordará él aún cómo es el color rosa? Es una pregunta sin sentido. Lo importante es el sonar del metal de la moneda golpeando sobre la base vacía de su recipiente, que dispara en la boca de Juan Carlos un inmediato pedido de bendición para el eventual piadoso.
Juan Carlos señala que suele soñarse ciego. Que suele soñar con sus hijos acompañándolo en el túnel del ferrocarril donde pasa su jornada laboral, pues si procurar la bendición de docenas de personas día a día no es un trabajo habría que reever pronto tal definición.
También sueño mucho con el ruido del tren... sueño que yo estoy acá en el túnel y siento como llega el tren y la gente pasa corriendo para no perderlo” agrega Juan Carlos, contándonos acerca de sus horas de sueño. Preguntándole acerca de cómo se imagina la cara de quienes le dan algún centavo, agrega que pese a que le es difícil imaginar una cara sin la ayuda de las yemas de sus dedos, distingue rizos de lacios y altos de petizos, por el tono de las voces.
En Juan Carlos se desató en muy temprana edad la ceguera como consecuencia de la diabetes, lo que hizo muy difícil el que pueda aprender a leer braile por la pérdida de sensibilidad en las manos, factor que resulta fundamental para el aprendizaje de tal mecanismo de lectura.
Juan Carlos no conoce la biblioteca para ciegos que existe en Buenos Aires, y desde que perdió la visión a los cuarenta y cinco años no ha leído nunca más nada. No conoce la existencia de los libroparlantes. Estas son obras literarias leídas por voluntarios y grabadas en cassettes en las mismas instalaciones de la biblioteca, a los cuales podría tener acceso siendo socio de la institución. Sin embargo, esto no lo preocupa, él está más pendiente en bendecir a los pasajeros del ferrocarril a cambio de unos cuantos centavos y en que sus hijos puedan completar sus estudios, “para que no terminen como yo, viste?”.
En la línea B del tren subterráneo de la ciudad de Buenos Aires, una pareja de jóvenes ciegos congénitos, Alberto y Celeste, dedican gran parte de su día a pedir una ayuda, económica, claro, a los pasajeros que utilizan tal transporte. Ambos recorren los vagones abriéndose paso con sus bastones plegables, el delante y ella detrás, yendo y viniendo, repitiendo un centenar de veces por día la frase “Cada monedita una bendición de Dios”. A diferencia de lo que sucede en el túnel del ferrocarril, en este caso los bendecidos son ellos y no los transeúntes.
Tal vez es posible imaginar que los túneles oscuros, trazados hace años bajo la tierra y privados de la luz del sol, que recorre el tren diariamente, se asemejan a los vagones que desandan esta pareja cada día tomados de los brazos. Tal vez no.
Alberto es un joven de no más de veintisiete abriles, de pelo rizado, y piel aceitunada. No usa lentes. Quizás sea porque pasa la mayor parte del día bajo la tierra, en el subterráneo, donde el sol no lo puede molestar. Alberto dice soñar con “el movimiento del tren”, con el piso sin firmeza del subte que los hace tambalear mientras caminan y por el que rodarían fácilmente sino estarían agarrados uno del otro.
Por su parte, Celeste aparenta ser lo que se llama una persona tímida. Su pelo es muy oscuro, al igual que sus ojos y su rostro habla de cansancio. Es también muy delgada y se aferra del brazo de su esposo Alberto como si fuese lo que más quiere en el mundo. En los recuerdos de Celeste acerca de sus sueños se detectan también restos diurnos, emparentados con su jornada laboral y su ambiente de trabajo. Relata, con un tono tímido, que sueña con escaleras mecánicas que no se detienen, “estoy parada sobre las escaleras que suben y suben, pero no paran nunca de subir, hasta que me despierto”.
Su hijo Pedro, quien tiene tantos rulos como es posible, los acompaña al trabajo desde hace unos meses, desde que su abuela falleció y ya no lo pudo cuidar más. A pesar de la hora, Pedro se sigue desperezando, refregándose con el anverso de la mano ambos ojos. Detrás de sus padres, en el andén de la estación Carlos Gardel, Pedro se entretiene dibujando garabatos con un lápiz imaginario sobre una publicidad: novedosos lentes de contacto descartables.

Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)



Universo Colifato

Sábado. 16:00 hs. Ramón Carrillo 375, Capital Federal. Hospital José Tiburcio Borda.
Llegué tarde, sin preocuparme mucho por la demora, suponiendo que igualmente los internos no se pueden ir a ningún lado. Fiel a mi historial, me equivoque nuevamente. Cuando me acerco a la garita del personal de seguridad, informan por handy al corpulento señor vestido de negro que un paciente se había escapado. Alguien, con más cara de interno que de ayudante de cocina, como dijo ser para poder escaparse. Mientras escuchábamos desde el teléfono móvil la voz que denunciaba el escape, el fugitivo pasaba a mi lado, y se despidió, entre pasos acelerados con un sensato: “ahora vuelvo”. Yo le creí. Todos los internos regresan.
Sin embargo no fue el único que escapó. La Colifata toda se exilió para transmitir desde Plaza Congreso, invitados por la Universidad de Madres de Plaza de Mayo al quinto CONGRESO DE SALUD MENTAL Y DERECHOS HUMANOS. Averiguo la dirección en el mostrador de informes y abandono el lugar. Corriendo. Ya fuera, ahora si preocupado por la hora, alzo mi mano para detener el 45, la línea de colectivos que más cerca me dejaría de Irigoyen al 1400.
Obviando que debí bajar del colectivo antes de lo previsto porque el recorrido involucraba a Bernardo de Irigoyen y no a Hipólito como lo había supuesto, finalmente llegué al Congreso, al de Salud Mental, claro, no me refiero al “honorable” palacio (imaginar aquí gesto irónico), para presenciar el programa. Un congreso en Plaza congreso, hay gente que no pierde el humor.
Los movimientos en la Plaza son muchos, el Movimiento Evita y el movimiento Barrios de Pie, ente otros. Además hay muchas barbas. Es decir, todos los hombres presentes tienen barbas de no menos de quince días. Supongo que por esto no tuve ganas de afeitarme hoy por la mañana, para no sentirme distinto. También es mayoría en el género femenino las prendas hindúes, las sandalias franciscanas y los colgantes. El sonido ambiente se mixtura con los discos de Silvio Rodríguez que no dejan de sonar en los parlantes. Si ese mismo, el que extravió el unicornio.
Una feria, con los pertinentes puestos de libros, artesanías, comidas y discos, circunda la plaza donde se desarrollan las distintas actividades. Los feriantes son bilingües, o al menos lo intentan ser, encajándole un pack de mate y yerba a un turista chino y su pareja, al parecer también china. Asimismo, es un día fructífero para la industria alimenticia pues de la mayoría de los dedos cuelgan botellas de bebidas gaseosas, de segundas marcas, claro, porque aquí a nadie le interesa cooperar con las multinacionales.
Las charlas-debates se desarrollan dentro de carpas blancas que se suceden unas tras otras, en hileras estratégicamente ubicadas. Las temáticas que se plantean son diversas: Derechos Humanos, Latinoamérica libre y soberana, Lucha, Resistencia, Revolución.
Frente a mí está sentado un hombre que apoya su radio con tal fuerza sobre su oreja que ha uno le dan ganas de preguntarle cuánto va el partido. Podría ser un colifato, como Eduardito Codina, el conductor estrella del programa radial, que distrae con su constante sonrisa histérica y que asombra a todos con sus ocurrencias: “¡escucho voces por los ojos!”.
En la conducción lo acompañan Carlitos y Julio César. Dos cínicos ex internos que hacen las delicias de los oyentes con sus profundas reflexiones. En los tramos finales del programa Carlitos nos recuerda su teoría sobre la abundante cantidad de palomas en Buenos Aires. Según él, cuando los internos del Borda se quedan dormidos en sus pabellones, en sus sueños se convierten en las palomas que pueblan las plazas de Buenos Aires. Agregando que jamás dejemos de darles maíz, porque todos podemos convertirnos en palomas en algún momento, en algún sueño.
En un lateral de la Plaza una camioneta equipada hace las veces de biblioteca móvil, auspiciada por el gobierno de la ciudad, autónoma claro, de Buenos Aires. Julio César, conductor de la Colifata, se percató y nos comenta fuera del aire, “Vieron eso, los libros tienen que caminar hasta la gente porque nadie va a las bibliotecas”. Que levante la mano quién envidia tanto a Julio César como yo por su capacidad de observación.
En una de las carpas blancas acaba de terminar la transmisión de LT 22 La Colifata. Este proyecto nació en 1991, en los patios del Hospital neuropsiquiátrico José Tiburcio Borda. La Colifata se compone de 30 o 35 internos y ex internos y funciona como una organización no gubernamental.
"Lo que queremos contarles un poco es como a través del uso de un medio de comunicación, como es la radio, podemos articular un trabajo en ambos campos, el social, allí donde están los prejuicios en relación a la locura, y en el clínico allí donde hay pacientes."
Sin apoyo gubernamental y recursos sumamente limitados, La Colifata nació hace quince años como un medio psicoterapéutico a partir de la recuperación de la palabra por los propios internos. Fue creada en sus orígenes como una respuesta al estado de marginación, abandono y aislamiento de los pacientes. Se concibió como "un salto al muro" para trabajar, con la comunidad externa.
Con el paso de los años, la radio se convirtió en un espacio de reflexión y motor de la deconstrucción de mitos sociales en torno a los enfermos mentales. Intentando, de este modo, desnaturalizar el estigma del loco. Alfredo Olivera, psicólogo fundador que continúa con el proyecto, narra los primeros pasos. "Nace la columna de comunicación. Un grupo de internos habla frente a un grabador de reportero, y empieza a debatir y platicar sus sentimientos, después la palabra grabada sale del hospital, se trasmite en una radio y empieza a tener oyentes. Hay llamados de los radioescuchas que también se graban y regresan al hospital. Los internos empiezan a recuperar su espacio en el afuera. "Luego empiezan a jugarse otros roles. Quién quiere salir de corresponsal, preguntamos. Alguien se anima y sale a recuperar la palabra para después compartirla con sus compañeros… La primera operación se da en un espacio grupal, se aprende a hacer radio, nos acercamos al micrófono."
Radio "La Colifata" transmite los días sábados desde las 14:30 hs. hasta las 19:30 hs. desde los patios del Hospital Borda, Ramón Carrillo 375, Capital Federal (a 6 cuadras de plaza Constitución). Las puertas se abren para todo aquel que desee asistir. Emite desde el 100.3 mhz FM y se escucha sólo en las zonas aledañas. Sin embargo, Radio La Colifata es retransmitida luego con el formato de microprograma por más de treinta radios AM y FM de distintos lugares del país y América.
"La sociedad tiene miedo de cruzar las puertas del Borda porque somos locos, pero si vos las cruzas, habrás entrado a otro mundo… pero con los mismos seres humanos, tal vez un poco en el olvido", sentenció Julio Díaz, ex interno del hospital neurosiquiático José T. Borda e integrante de LT22 Radio La Colifata.


Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)

Palomas

Miércoles 17 de Mayo de 2006. Son las 14: 50 hs. Estoy sentado sobre el pasto de la Plaza de Mayo, el mismo sobre el que esta prohibido caminar según los pequeños carteles de color blanco. El zumbido por detrás de los tambores y redoblantes ejecutados por los más jóvenes brinda el sonido ambiente. En esta marcha todos están sentados, cansados, con la rutina de la manifestación plantada en los ojos. Es una protesta, podríamos decir, en la que nadie protesta. Sólo unos pocos se mantienen de pie, estos son los que mantienen erguidos los estandartes que iconizan a los distintos movimientos piqueteros, además claro, del rostro sin afeitar del joven Guevara que se repite en cada una de las banderas.
Pero me olvido de otros que también están de pie. Son los que tienen su domicilio laboral en la plaza. Los señores que venden el pack de yerba y mate a los nórdicos turistas, además de los muchachos que ofertan las banderas argentinas que seguramente se acabarán en Junio, mes del mundial de fútbol, y no en Mayo, mes de la junta revolucionaria. Será que somos cultura de festejar sólo lo vivido.
Rodeado de abundantes palmeras, con sus troncos añejos y descascarados por el paso del otoño, me parece ser el único de los hombres que no lleva nada sobre su cabeza. La mayoría tienen gorras, o mejor dicho son viseras, (gorras son los policías) y tantos otros usan cuellos polares que hacen las veces de bonetes diurnos.
Por su parte, las mujeres parecen estar obligadas a llevar una botella de gaseosa, de la cual convidan a los que tienen más cerca. Es una fuerza de choque formada en su mayoría por mujeres embarazadas, hombres desdentados y niños que aún no alcanzan los cinco años de edad.
Otro hombre, también domiciliado laboralmente en la plaza, nos entona el precio al que oferta sus tutucas y uno de más allá propone un contrapunto con su aguda vocecita, intentando vender las garrapiñadas que acaba de preparar en su calentador móvil color cobre. Pero los concurrentes de la fecha tienen su propia dieta a base galletitas y no hacen caso al concierto de los oferentes.
Las palomas son el entretenimiento del lugar, en realidad es un juego perverso, pero al fin entretenido. Un interno del Borda afirmó cierta vez, con certeza psicótica, que debíamos alimentar a las palomas de Plaza de Mayo cuando se nos acercaban, pues eran los internos del hospital que mientras soñaban se convertían en aves.
El juego resulta perverso pues se basa en una regla muy sencilla: arrojar migajas de lo que sea, y ver cómo y cuál de las palomas se queda con la propina. Lo peor de todo es que un ligero gorrión es el que siempre arrebata la comida de los picos a las lentas palomas. Sin embargo, a todos los que estamos sentados mirando el espectáculo nos resulta simpática la actitud de la pequeña ave ladrona. Pero la gente que trabaja más allá de Rivadavia, en el microclima de los bancos y que debe cruzar obligatoriamente por la plaza, mira indiferente a las palomas y de igual forma al ejército de desocupados que reclama por el aumento de la tasa de empleo. La misma indiferencia la tienen los señores de chalecos naranjas, conversando sabe Dios de qué cosa, que se ven tras las altas vallas negras que dividen la plaza en dos y cubren en su totalidad el frente de la casona color rosa. Deberían sumar al decorador oficial al ejército de desempleados, pues los rosas y los naranjas no resultan la mejor combinación.
Mientras varios hombres le dan una lavada de cara al Cabildo, con el fin de dejarlo limpio de verdades pintadas para el próximo veinticinco, hay un pequeño, sumamente abrigado, que dirige el banquete de las molestas palomas a fuerza de migajas y un pequeño trozo de caña con el que golpea el piso sin cesar. No tiene más de cuatro años, y lleva puesto un polar de color celeste, un pantalón azul, y quién sabe cuántas prendas más debajo, que apenas le permiten moverse sobre sus zapatillas rojas de cordones blancos. El no podía ser menos y como el resto de los hombres tapó su cabello y orejas con un cuello polar. Como podía se balanceaba entre las palomas arrojando con una mano los trozos de galletita que su madre le indicaba que comiera y con la otra cargaba la caña que agitaba cuando las palomas aleteaban sobre sus pies.
Paradójicamente, el juego del amo que practica nuestro abrigado Pablo, como lo llama quien parece ser su mamá, junto a las palomas, reproduce la situación que viven estos desdentados manifestantes a diario. Reunidos en la plaza, al igual que las palomas, esperan por las migajas que caerán al suelo y serán recogidas con ansias, hasta que la despiadada caña se agite sobre sus lomos. Hasta podría ser este mismo Pablo quien reciba los golpes en no más de diez o quince años o quizás en no más de quince días conociendo el criterio del brazo armado.
Este niño de caña en mano, alborotador de palomas, está muy abrigado para el calor que está haciendo en la ciudad autónoma, con un fuerte sol que hace cerrar los ojos buscadores de nubes. Es el gran problema de vivir en el conurbano bonaerense y protestar en capital federal. Uno no puede calcular a las 7 AM, cuando se parte en tren desde el conurbano, qué temperatura alcanzará el termómetro a las 15 Hs. en el microcentro. Todos están muy abrigados, emponchados, sentados alrededor de la fuente que debe estar seca desde el ´45 de Perón, acomodando en sus mochilas de rock ricotero y piojoso, los abrigos ahora innecesarios y las galletitas sobrantes que seguramente servirán de bocadillo en el cómodo viaje de regreso a casa.
La desconcentración comienza temprano pues es un largo viaje en tren eléctrico privatizado hacia el sur de la provincia. Sólo quedan las palomas que se vieron muy afectadas en su alimentación por la última devaluación, ya que el precio del maíz creció en un 200 %, y con un peso uno sólo consigue comprar dos paquetes pequeños que dejan con hambre a más de un ave.
Mientras los manifestantes se retiran como en procesión con el zumbido de los redoblantes, enfilados sobre Avenida de Mayo, una Sra. intenta vender el último café del día a los pocos que quedamos en la plaza. Fracasada en su intento, empuja su cafetería sobre ruedas hacia la esquina de Rivadavia y Reconquista para buscar sobre los mármoles blancos de la Catedral algún fiel adicto a la cafeína.
Por su parte, los técnicos apoyan en la parte trasera de la camioneta de canal 26 los rollos de cables que han utilizado para trasmitir en vivo la manifestación desde su antena parabólica, atornillada en el techo de la unidad móvil. La cronista de risa fácil, enrolla el cable del micrófono y se lo alcanza al joven cámara, para luego sentarse en el asiento del acompañante.
Uno de los relojes de la plaza marca la hora en que debo irme a trabajar, cruzar Rivadavia, y adentrarme en el mundillo de los bancos. La plaza de las migajas que reúne a hombres, mujeres y palomas, se va quedando vacía de ruidos.
Más tarde pasaran los señores de cuellos duros, que en su vuelta al hogar se internan en los trenes subterráneos sin saber nada de lo ocurrido en la plaza. Ya no queda nadie, salvo las palomas, claro.


Martín Galván.
(las cursivas son nuestras)